Durante mi etapa de formación docente, viví una experiencia que marcó profundamente mi manera de entender la educación. Fue en un grupo de primer grado, donde brindé apoyo pedagógico a dos estudiantes con necesidades específicas: uno con diagnóstico de Trastorno del Espectro Autista (TEA) y otro con Déficit de Atención.
El primero me enseñó el valor de la estructura, la paciencia y la sensibilidad ante los pequeños logros. Su mundo era distinto, pero lleno de belleza. Con materiales visuales, rutinas claras y mucho respeto por su espacio, logramos avances que, aunque pequeños a simple vista, eran gigantes en su desarrollo personal.
El segundo alumno me mostró la importancia de la creatividad y la flexibilidad. Su energía era inagotable, pero también lo era su curiosidad. Aprendí a dividir las tareas, a utilizar dinámicas activas y a celebrar cada momento de concentración como un triunfo.
Ambos me enseñaron que incluir no es solo permitir la presencia en el aula, sino crear condiciones reales para el aprendizaje y la participación. Fue una experiencia que fortaleció mi vocación y me recordó que, como docentes, educamos con la mente, pero sobre todo, con el corazón.


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