Escuela Primaria “Ramon Navarrete Rosado”

Durante mi etapa de formación docente, viví una experiencia que marcó profundamente mi manera de entender la educación. Fue en un grupo de primer grado, donde brindé apoyo pedagógico a dos estudiantes con necesidades específicas: uno con diagnóstico de Trastorno del Espectro Autista (TEA) y otro con Déficit de Atención.

El primero me enseñó el valor de la estructura, la paciencia y la sensibilidad ante los pequeños logros. Su mundo era distinto, pero lleno de belleza. Con materiales visuales, rutinas claras y mucho respeto por su espacio, logramos avances que, aunque pequeños a simple vista, eran gigantes en su desarrollo personal.

El segundo alumno me mostró la importancia de la creatividad y la flexibilidad. Su energía era inagotable, pero también lo era su curiosidad. Aprendí a dividir las tareas, a utilizar dinámicas activas y a celebrar cada momento de concentración como un triunfo.

Ambos me enseñaron que incluir no es solo permitir la presencia en el aula, sino crear condiciones reales para el aprendizaje y la participación. Fue una experiencia que fortaleció mi vocación y me recordó que, como docentes, educamos con la mente, pero sobre todo, con el corazón.

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